Las niñas rusas

Si pudiera pedir un deseo pediría que las niñas rusas no estuvieran hoy en la playa. Remoloneo en la cama haciendo tiempo y pensando en si será mejor quedarme en casa. Pedaleo lentamente retrasando el momento de encontrarme con ellas y a medida que me acerco una sensación que no sé describir se va apoderando de mí. Es una mezcla de rabia e impotencia que se hace más grande cuando escucho llorar a la niña del maillot lila.  Ato la bici y cojo la bolsa con desgana aunque me encanta venir a la playa. Camino despacio para observarlas mejor y lo que veo no me gusta, hoy las niñas llevan unas pesas en los tobillos. Si las ves desde lejos el conjunto te hace gracia, unas niñas de entre cuatro y ocho años con un pañuelo en la cabeza que deja escapar unos cabellos rubios, van vestidas como gimnastas olímpicas y su piel luce dorada por el sol.

La niña del maillot lila llora y llama a su madre mientras la monitora le grita algo que no entiendo, aunque el tono de su voz no deja lugar a dudas, es una orden. Pretende que la niña haga un ejercicio y esta no puede, se ha quedado boca arriba con las palmas de las manos y de los pies en la arena como si fuera un puente humano. Las otras niñas la miran mientras repiten una y otra vez el ejercicio, dando volteretas sin parar, hasta que su instructora vuelve a gritar y se detienen.

Al pasar por su lado la miro con todo el desprecio que soy capaz de concentrar en una mirada, ella me ignora. Ahora las hace saltar con las piernas y los brazos estirados mientras giran la cabeza hacia un lado. Después de un rato que a mí se me hace eterno considera que ya está bien por hoy. Se acerca al agua con las niñas caminando detrás de ella, van cogidas de la mano por orden de estatura como esas muñecas rusas que tengo en casa y que adornan mi salón.

Se detiene en la orilla y ellas a su lado haciendo una cadena humana, se acerca una ola y la mujer da una patada al agua enseñándoles lo que tienen que hacer. Odin, dva, tri, grita, y los pies de las pequeñas golpean las olas mientras ella hace fotos con el móvil, supongo que para plasmar lo felices que son y lo bien que lo están pasando. Las niñas gritan por lo fría que está el agua y se salpican con las manos y sonríen. El entretenimiento no dura ni un minuto, se acabaron las fotos se acabó el relax. No se meten en el agua a pesar del calor que hace y vuelven a subir al principio de la playa donde el sol cae a plomo y la arena quema como si fueran brasas para seguir haciendo ejercicio. Cada día espero hasta que se vayan para marcharme yo, como si fuera un ángel de la guarda y mi presencia evitara que la malvada madrastra se pasara de la raya.

Hoy decido irme antes, no puedo seguir viendo a las niñas sudando y agotadas por el calor y no soporto seguir compartiendo espacio con esa mujer, aunque ella no tiene la culpa está cumpliendo con su obligación, sin embargo podría ser un poco menos estricta y tratarlas de otra manera, no creo que esa disciplina que muestra se viera empañada por dejar que las niñas se metieran un rato en el agua. Probablemente ella estará orgullosa de lo que está haciendo y no tendrá la percepción que tengo yo de lo que pasa cada mañana en la playa. Si me pongo de frente al mar no las veo, pero sé que siguen ahí así que recojo las cosas, me pongo las gafas de sol y al pasar al lado del grupo miro a la niña que llora y me acerco a ella, le pregunto qué le pasa aunque evidentemente no me entiende. Esta sigue caminando detrás de las otras niñas aunque no deja de mirarme. Me acerco a la mujer y le pregunto que si habla español, esta niega con la cabeza y hace un gesto con las manos diciéndome que no entiende lo que le digo, pero a mí no me importa. Hablo enfadada, sin parar, diciéndole todo lo que se me ocurre y ella se pasa un puñado de arena de una mano a la otra ignorándome por completo. Las niñas siguen corriendo tocándose el culo con los talones mientras me miran extrañadas. Yo gesticulo exageradamente como si así ella pudiera entenderme mejor. Cuando ya no tengo más palabras para decirle me voy pensando sí no habré sacado las cosas de quicio, a lo mejor no es para tanto que estas niñas estén tan lejos de sus casas pasando calor y haciendo unos ejercicios que me parecen imposibles a no ser que tus huesos sean de goma. Cuando su mirada se cruza con la mía ella sonríe, es una sonrisa de triunfo.

Me pregunto cuántas de estas niñas llegarán a ser número uno y si el sacrificio valdrá la pena. Porque alcanzar un sueño es muy duro y requiere mucha constancia, pero si es tu sueño pelearás por él y te dejarás la piel en el camino, sin embargo si estás cumpliendo el de otra persona ese camino se me antoja una tortura. Lo que me apena es que dudo que estas matrioshkas quieran ser gimnastas olímpicas más que nada en el mundo. Mientras persiguen una quimera que no es la suya alguien les están robando la infancia. Deberían estar rebozándose en la arena y saltando las olas para después dejarse escupir por estas y dejarse caer exhaustas después de un día de risas y juegos.

Cuando las veo agotadas por el calor y con la mirada llena de indiferencia por lo poco que les importa lo que están haciendo me lleno de rabia, porque las veo indefensas ante esa mujer que parece un general y que es demasiado grande y tiene una voz demasiado fuerte.

Siento asco hacia las madres de estas niñas a las que no conozco por obligarlas a hacer esto, por robarles este verano que no volverá y seguramente los que vendrán. La vida ya se encargará de ponerles zancadillas, las hará caer una y otra vez y algunas se levantarán con más fuerza que otras igual que hacen ahora en la arena, por eso no veo necesario que les roben momentos que deberían ser inolvidables.  Recuerdo mis veranos de niña con mis hermanos y mis primos, en la montaña, nadando en la piscina y chupándonos los dedos a la hora de la merienda con la nocilla que escurría del pan. Ninguno hemos sido número uno en nada, lo que puedo asegurar y no me equivoco es que todos guardamos un recuerdo imborrable de esos días en los que fuimos absolutamente felices como los son los niños cuando la vida todavía no los ha golpeado.

Habrá quien piense que soy una exagerada, que no pasa nada por un poco de disciplina y que las cosas se consiguen a fuerza de sacrificio. Quizás tengan razón, quizás soy una blanda, quizás no es para tanto, quizás…

 

 

 

 

 

 

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8 comentarios en “Las niñas rusas

    • entreletrasytacones dijo:

      Gracias, esa inseguridad que me acompaña en todo lo que hago tiene que ir desapareciendo, comentarios como este son de mucha ayuda. Cada vez que pongo algo me da la sensación de que no es muy bueno, como si después de tanto escribir las historias no tuvieran tanta fuerza y luego resulta que no, que os sigue gustando mi manera de escribir. 😘😘

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  1. Laura dijo:

    Hoy he leído tu relato disfrutando un día en el Tibidabo con mi hija. Que razón tienes y que feliz he sido pensando que mi hija está disfrutando de su verano ,de su tiempo libre al lado de sus padres.

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