Miedo

Me siento al lado de la ventanilla para poder ver el exterior porque es como pasear por encima de las nubes, pienso que ahora estoy en el cielo y dentro de ocho horas y media estaré en el infierno. No sé por qué vuelvo, me fui para no volver, me lo prometí a mí misma, quizás lo haga por la urgencia que encontré en la voz de Aurora. Aurora, mi hermana, mi otra mitad a la que abandoné o más bien se abandonó ella. Al bajar del avión no tengo que esperar para recoger ninguna maleta, no pienso quedarme más de un par de días he volado con equipaje de mano. Cuando la veo siento como si me hubieran dado un golpe en la boca del estómago. La mujer que tengo enfrente aparenta quince años más de los que tiene, está muy delgada tanto que al mirar sus manos me viene a la cabeza una hucha que teníamos de pequeñas. Tenía forma de ataúd era negra y tenía un círculo rojo donde se ponía una moneda, si le dabas a un botón que había en el lateral salía por un agujero el esqueleto de un brazo y una mano huesuda arrastraba la moneda al interior.

Nos miramos incómodas, no sabemos qué hacer. Ella juega nerviosa con las cuentas de un collar que da la sensación de pesar demasiado para su cuerpo frágil y endeble, yo agarro la bolsa con las dos manos para así tenerlas ocupadas hasta que ella da un paso y me abraza, con fuerza, diría que con desesperación, noto como se abandona como si yo fuera un salvavidas, una tabla en medio del océano a la que agarrarse para evitar hundirse. Y a mí quién me salvará me pregunto, ¿seremos capaces de seguir a flote? De camino a casa me cuenta que nuestra madre está mal, muy mal recalca. Escucharla decir eso no me provoca ningún tipo de sentimiento, si acaso indiferencia. La observo mientras conduce, los puntas de los dedos están hinchados a consecuencia de morderse las uñas. Me pregunto si todavía se chupa el pulgar. La camiseta que lleva es demasiado grande, como el collar, todo en ella se ve grande como si sus cosas fueran ajenas y las hubiera cogido prestadas. Me pregunta si me molesta que fume y le digo que no, enciende el cigarro, baja la ventanilla y gira la cabeza para echar el humo fuera. Me interroga sobre mi vida, <<quiero que me lo cuentes todo>> dice. Le hablo de Nueva York, pero no de mi vida allí y ella no pregunta. Reconozco las calles por donde pasamos y recuerdo una frase que leí en una ocasión, tu hogar está donde están las personas que quieres, entonces me pregunto dónde está el mío. Desde luego que  a dónde nos dirigimos ahora no.

Aurora rebusca en el bolso y al sacar las llaves se le caen, no acierta a meterlas en la cerradura y se las quito para abrir yo. Al empujar la puerta me golpea el olor a enfermedad y cuando entro descubro que no estaba preparada para ver lo que me encuentro. Mi madre está sentada en una butaca que no reconozco, como tampoco la reconozco a ella. Siempre fue delgada, pero ahora es un esqueleto. Un pañuelo de colores le cubre la cabeza para esconder la falta de pelo y la piel está amarillenta. Tiene las cejas dibujadas y una es más larga que la otra, los labios mal pintados de rojo hacen que parezca que está haciendo una mueca. La ropa le va grande igual que a Aurora, es como si se hubieran ido encogiendo y no se hubieran dado cuenta y por eso siguen usando las mismas prendas que antes se amoldaban a sus cuerpos y ahora parecen sacos. Nos miramos y el discurso que traía preparado se desvanece porque me da pena de ella y porque a pesar de estar moribunda sigue imponiéndome. Lo que decía ella era palabra de Dios. Aurora permanece de pie detrás de mí y me temo que si no me muevo nos quedaremos así para siempre como si fuéramos estatuas de sal.

Me acerco, ella me mira un segundo para enseguida retirar la vista y clavarla en Aurora. No hace falta que diga nada, sin hablar nos hace entender que no soy bienvenida y que mi hermana es la culpable de que yo esté ahora en su salón. No logro entender cómo puede ser que todavía le tenga miedo, no podría hacerle nada, no creo que ni siquiera sea capaz de andar sin ayuda. Acerco una silla y me siento enfrente de ella, escucho pasos que se alejan a mi espalda y sé que estamos solas.

—Hola madre —hago hincapié en la palabra madre.

—¿A qué has venido? —su voz suena rasposa como si tuviera arena en la garganta.

—A verte morir y a asegurarme de que las llamas devoran tu cuerpo.

En su cara se dibuja un gesto de horror, recuerdo cómo decía que no quería que la incineraran ni que donaran sus órganos. Le daba pavor, era un miedo irracional y es la única debilidad que demostró nunca.

—No serás capaz —se ha repuesto enseguida, pero un leve temblor delata que finge.

—Siempre me decías que me parecía a ti. Es hora de demostrarte que tenías razón.

—Puedes retirarte —dice como hacía siempre cuando éramos pequeñas después de golpearnos.

Me levanto, no porque me lo diga ella si no porque no quiero estar a su lado. Después de que Aurora la acueste nos metemos en la cama, hace mucho calor y sin embargo nos echamos la sábana por encima, es una costumbre que arrastramos desde pequeñas. Cuando éramos niñas nos tapábamos hasta la cabeza y cerrábamos los ojos con fuerza, pensábamos que si no la veíamos ella tampoco nos vería a nosotras. El sonido de la puerta al abrirse nos hacía temblar de miedo. Algunas veces, en un gesto generoso hacia mi hermana me destapaba para que me llevara a mí, Aurora era más pequeña y después se pasaba días temblando y orinándose en la cama, pero otras veces no lo hacía y suspiraba aliviada si no me llevaba a mí, después me sentía mal por no haberme ofrecido para ser la elegida. No sé cómo pudimos sobrevivir  al horror al que nos sometía.

Me levanto de madrugada, entro en su habitación, me quedo al lado de su cama y tarareo una canción en voz baja hasta que abre los ojos y me ve. Miedo. Veo miedo en sus ojos y una sensación de euforia me inunda. La mujer que me mira asustada es un ser despreciable y me alegro de provocarle pavor. Entonces empiezo a cantar acercando mi boca a su oreja a pesar del asco que me da estar tan cerca de ella.

Vengo a buscar a una niñita,

¿Será Aurora o será Martita?

La que venga a lo mejor no vuelve

El monstruo se la comerá enterita

¿Quién será de las dos la más tiernecita?

Sigo cantando y rodeo la cama como hacía ella cuando venía a buscarnos de noche para llevarnos al paraíso de la locura, rodeaba las camas mientras cantaba para al terminar la canción destapar a la elegida y llevarla con ella. Cuando creo que es suficiente retiro de golpe la sábana con la que se tapa y que agarra con fuerza como si esta fuera un escudo y le digo con la misma voz cantarina con que lo hacía ella:

—Mamaíta, hoy el monstruo se llevará a mamaíta.

No tengo ni idea de lo que le piensa que le voy a hacer, pero está asustada de verdad, no le pasa por la cabeza que una de las opciones sea no hacer nada, es tan malvada que eso le parece imposible. Salgo de la habitación y la escucho llorar. En el avión le pedí a mi ángel de la guarda que se la llevara porque no se merecía vivir, me parecía que al estar más cerca del cielo mi plegaria sería escuchada. Sin embargo ahora deseo con toda mi alma que dure mucho tiempo para que pague todo lo que nos hizo. Miro las marcas de las quemaduras de cigarro en  los brazos de Aurora que duerme, se ha destapado y está encogida como si esperara a ser golpeada. Maldigo a mi madre por habernos convertido en despojos humanos, me meto en la cama y pienso en que la mujer que ahora está a escasos metros de mí ya no tiene el poder de hacerme daño. Ahora soy yo la que tiene ese poder y sonrío, y no me gusta porque no quiero ser como ella, pero un deseo de venganza se abre paso dentro de mí. Me entrego al sueño  y sé que esta noche los monstruos no vendrán a visitarme.

 

 

 

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