Nana

Estoy sentada y los papeles que hay encima de la mesa parece que se burlen de mí. Evito mirarlos como si así el problema no existiera. Espero a que Bruno se despierte y mientras tanto pienso en cómo se lo voy a decir. Oigo el sonido de la cisterna y me pongo tensa, aunque no tendría por qué. El hombre que entrará dentro de un instante en la cocina es mi otra mitad, me conoce como nadie igual que yo a él. Sin embargo hay una cosa que nos separa y me temo que si sigo insistiendo lo que tenemos acabará por romperse.

—¿Qué haces despierta tan temprano? —me rodea por la espalda y me besa el pelo, pero cuando ve los papeles me libera de su abrazo.

—No podía dormir —contesto intentando que mi voz suene natural.

Bruno se sienta enfrente de mí y me interroga con la mirada. Empiezo a hablar deprisa como si temiera que en cualquier momento se cansara de mi discurso y me interrumpiera sin dejarme terminar. Le digo que será la última vez, que se lo prometo, que si no sale bien me rendiré y nunca volveré a sacar el tema. Le suplico que diga que sí, que lo necesito y que no me pida que le explique porqué, porque no sé explicarlo. Cuando se me acaban los argumentos me quedo en silencio y él arrastra las manos hasta coger las mías que mueven los papeles de forma nerviosa.

—La última vez dijiste que esa sería la última. Si no te quisiera tanto te diría que adelante, ¿qué podemos perder? ¿dinero?, pero no soporto verte hundida cada vez que sale mal. Yo no necesito a nadie más para ser feliz, me basta contigo y hay familias de dos, no entiendo esa necesidad tuya como si yo no fuera suficiente para ti. Pienso que estás obsesionada y no servirá de nada que te sometas de nuevo a la tortura que supone el tratamiento y lo peor de todo no soporto ver cómo te hundes cuando no funciona, que de momento han sido todas las veces.

El silencio cae sobre nosotros como una losa porque sé que tiene razón. El médico dice que no hay ningún problema y que cuando menos me lo espere sucederá el milagro. Lo llama así, el milagro, y cuando lo escucho todavía me parece más difícil que suceda. Quiero ser madre, lo necesito y no sé de qué manera explicarle que si no puedo tener un hijo no me sentiré completa. Vuelvo a la carga con el argumento que de tanto repetir cada vez me parece más vacío y menos consistente, pero veo tanta tristeza en sus ojos que dejo de hablar y ahora soy yo la que me levanto y lo rodeo por la espalda pidiéndole perdón. Voy a la habitación y vuelvo con una caja de cartón que dejo encima de la mesa, la abro y meto dentro los papeles de la clínica de fertilidad junto con las cosas que nos regalaron la primera vez que me quedé embarazada. Un conejo de trapo me mira y parece que me suplique que lo saque de su encierro. Arrastro la caja hasta dejarla delante de él y le pido que la haga desaparecer. Salgo de la cocina y me encierro en el baño, abro el grifo de la ducha y me siento en la taza del váter donde lloro, Bruno me dice que abra que no quiere irse sin despedirse, pero no contesto. Cuando escucho el sonido de la puerta de la calle cierro el grifo y salgo.

Entro a la cocina y veo la caja encima del mármol al lado de la cafetera como un recordatorio de lo que no puede ser y vuelvo a llorar. La abro y huelo un babero que tiene un sol bordado y que lavé con el resto de cosas que me regalaron para cuando llegara el momento. No salió bien. Miro por la ventana y veo como el viento mece el columpio que hay en el jardín, este golpea el tronco del árbol y a mí ese sonido me recuerda el compás de una nana, una cosa absurda, pero la melodía se mete en mi cabeza y no soy capaz de echarla. Cojo un cuchillo, salgo e intento cortar las cuerdas, pero no puedo son muy gruesas. Entro a casa para coger un mechero y las quemo hasta que estas se rompen y el columpio cae al suelo. Con el cuchillo y ayudándome de las manos hago un hoyo en la tierra y meto la caja dentro. Estoy sudando y me duelen las manos, al entrar en casa y verme reflejada en el espejo del recibidor me asusto, pero no por tener el camisón y la cara y los brazos manchados de tierra, lo que me da miedo es la expresión de mi cara. Si tuviera que describirme con una palabra sería loca, es como si hubiera enterrado a la cordura con la caja en el jardín.

Durante todo el día repaso lo que ha sido mi matrimonio y pienso en lo afortunada que soy. Todavía me da un vuelco el estómago cuando Bruno me roza sin querer y el deseo no se ha apagado a pesar de los años. Me da miedo cuando se va de viaje por si le ocurre algo y no me imagino mi vida sin él. Hacemos infinidad de cosas juntos de las que ahora apenas disfruto porque mi mente está en otro sitio. Preparo una cena especial y cocino lo que sé que le gusta, pongo la mesa, enciendo unas velas y pongo música. Me arreglo como si tuviera que ir a alguna celebración y me siento a esperarlo. Cuando entra se sorprende porque las otras veces después de haber hablado del tema me encontraba en la cama hecha un ovillo y con los ojos hinchados de llorar.

—¿Qúe celebramos?

—Celebramos el comienzo de una nueva etapa —digo mientras me acerco a él. Tiro de su corbata hasta que estamos muy cerca y le prometo que se acabó, que nunca más volveré a hablar del tema y le pido perdón por lo egoísta que he sido. Me abraza y acerca su boca a mi oreja.

—No te creo y si quieres volver a intentarlo por mí adelante, no podría soportar tenerte a medias, aunque me mata la pena cada vez que fracasamos.

Lo dice en plural como si él tuviera las mismas ganas que yo de que saliera bien. No contesto le devuelvo el abrazo y me gustaría quedarme así para siempre, sin columpios en el suelo del jardín ni un hoyo con mi ilusión enterrada dentro. No sé lo que pasará, si volveré a intentarlo o desistiré, lo que sí sé es que tengo que cambiar porque Bruno no se merece vivir con un fantasma y yo tampoco merezco estar viva a medias.

Al meternos en la cama hacemos el amor y por primera vez después de mucho tiempo al terminar no apoyo las piernas en la pared del cabezal como si temiera vaciarme por dentro. Y mañana cuando me levante no caminaré como si estuviera en un campo de minas, ni me pondré esa faja que me aprieta y que yo pensaba que no dejaría escapar el hilo de vida que podría empezar a gestarse en mi interior, y tampoco haré ninguna de las cosas que hacía y que ahora me parecen ridículas. A partir de mañana disfrazaré las ganas de ser madre, ocultaré la pena detrás de una sonrisa y trataré de que nadie note que estoy un poco vacía por dentro.

 

 

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5 comentarios en “Nana

  1. yolandachamorro dijo:

    Que relato más bonito y a la vez, desesperante. Hay muchas parejas con ese problema y que triste tiene que ser, el ver a niños felices con sus padres y estos parejas , sin poder tenerlos.

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  2. Judit dijo:

    Otra vez has conseguido escribir un relato impactante de una manera tan adictiva que te invita a querer seguir sabiendo cómo les irá al matrimonio. Se merecen un libro aparte.

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