La espera

Las tres. El reloj del piso de abajo da las campanadas para recordarme que no duermo, me levanto y me asomo a la habitación de la extraña en la que se ha convertido mi madre. La luz está apagada, sin embargo sé que tiene los ojos abiertos porque tampoco duerme. El sueño se escapó de esta casa el día que desapareció Lucía. No habrá paz hasta que no vuelva. Se esfumó sin dejar rastro. Su habitación sigue tal y como ella la dejó, sus papeles desordenados en el escritorio, la ropa arrugada en la silla y los zapatos tirados de cualquier manera. Mi madre no quiere que toquemos nada como si dejándolo todo igual Lucía estuviera obligada a volver para ordenar sus cosas. Cada mañana recorro el trayecto que ella tenía que haber hecho y que no llegó a completar. No llegó a su clase de baile, no se llevó nada que haga sospechar que se haya ido por voluntad propia, se la han llevado y no sabemos dónde está.

Mi madre sale lo mínimo y cuando lo hace regresa enseguida porque un estado de angustia se apodera de ella, le sudan las manos, le cuesta respirar y no es capaz de estar fuera de casa. Hace el propósito de quedarse un rato en cualquier sitio, sin embargo a los dos minutos vuelve corriendo porque dice que si Lucía vuelve no tiene llaves. Eso es lo más absurdo que le he oído decir desde que Lucía no está, sin embargo no le digo nada. Ayer la obligué a salir con el pretexto de encontrar algo que nos pudiera decir qué ocurrió, una pista que nos ayude a salir de esta angustia permanente en la que se han convertido nuestras vidas. De camino a la escuela de baile le propuse parar a tomar un café, por muchos años que viva nunca podré olvidar la expresión de su cara. Me miró y vi tanta tristeza en sus ojos que le pedí perdón a pesar de sentir que no había hecho nada malo, me dijo que no iba a tomarse un café porque no sabía si su hija comía o bebía  o si estaba viva o muerta. Era la primera vez que decía esa palabra, ninguno de nosotros lo hemos hecho en voz alta aunque lo hemos pensado. Muerta. No puede ser, no puede estar muerta le quedaba toda una vida por delante. Volvimos a casa de prisa sin volver a hablar, yo con un regusto amargo por dentro porque mi madre entendió que parar en una cafetería no era una cosa necesaria y yo no tenía ni que haberlo pensado y mucho menos proponérselo, y ella con el pensamiento de que no me importa tanto como a ella la falta de mi hermana. Ahora solo hacemos lo imprescindible para vivir, nada de caprichos que nos hagan la espera más llevadera.

Mi padre también ha desaparecido porque se puede estar sin estar, no habla apenas y está ausente todo el tiempo. Ha envejecido de golpe, el pelo se le ha caído y la ropa le queda enorme, come lo justo para sobrevivir, porque eso es lo que hacemos sobrevivir. Respirar. Parecemos tres fantasmas, el silencio en casa es tan grande que hace ruido. No se pone la tele, ni la radio. Silencio. Nunca lo había visto llorar hasta ahora y cuando lo vi me rompí un poco más por dentro, no podía ser, el hombre grande y fuerte con voz de trueno lloraba como un niño. No fui capaz de acercarme a consolarlo, lo dejé con su pena y me escondí en el baño donde abrí el grifo de la ducha para que el ruido del agua tapara el de mi llanto, ese que no fui capaz de compartir con él.

El día de su desaparición habíamos discutido y nos dijimos unas cosas horribles, las dos. Si no puedo pedirle perdón me volveré loca, no podré cargar con la culpa de lo que dije. Le grité que no era el ombligo del mundo, que todos teníamos problemas, que si desaparecía no la íbamos a echar en falta porque era muy pesada y que se fuera a buscar a su familia. Cuando éramos pequeñas y nos enfadábamos le decía que era adoptada y aunque eso sería imposible porque es idéntica a mi madre más de una vez vi la sombra de la duda escrita en sus ojos. Me divertía ver lo ingenua que era. Ahora daría lo que fuera, cualquier cosa, por no habérselo dicho nunca.

Sé que no volverá, lo presiento, pero no digo nada como si al no decirlo en voz alta no fuera a suceder. Me pregunto dónde estará, si le habrán hecho daño, si todavía estará viva, si tendrá frío y hambre… Mi madre ha hecho una especie de altar donde ha puesto a todos los santos que tenía repartidos por casa, les enciende montones de velas cada día y no deja que nunca se apaguen, como si quisiera que Lucía volviera al ver la luz. Al principio puso una foto de Lucía, yo no podía mirarla me parecía una de esas escenas que salen en las noticias cuando muere alguien y la gente enciende velas para honrar su memoria. Mi padre debió pensar lo mismo porque la quitó, <<mi hija está viva>> le dijo, podía haber dicho que todavía no sabíamos si Lucía está muerta, pero muerta es la palabra prohibida aunque los tres la tengamos en la mente. Odio el olor de las velas porque me huelen a desaparición y a dolor. Esto es terrible porque solo hay una manera de que descansemos y es que Lucía aparezca y esté bien, no hay más opciones me parece igual de malo que encuentren su cadáver a que no la encuentren nunca. La gente dice que si aparece muerta al menos tendremos un cuerpo al que ir a llorarle, qué disparate, aunque a lo mejor tener un cuerpo sin vida es mejor que no tener nada.

Es muy temprano y cuando suena el timbre un mal presentimiento se apodera de mí, mi madre sale de la habitación y se ata la bata con fuerza como si quisiera evitar partirse por la mitad y el cinturón fuera el encargado de hacer que siga entera. Me mira, la miro y ninguna se atreve a abrir la puerta, porque no sé por qué extraña razón las dos sabemos que no es Lucía. Abre mi padre que ha salido el último, vuelve al salón arrastrando los pies y nos dice <<nada>> y nada para nosotros significa el vacío. Nada quiere decir que seguimos igual, esperando. Mi madre se sentará y mirará por la ventana esperando el regreso de su hija, mientras tanto yo también seguiré esperando a que vuelvan mi hermana, mi madre y mi vida de antes porque lo he perdido todo. Ya no somos una familia, me atrevo a decir que ni siquiera somos personas, ahora no somos nada. Cero. Vacío. Ausencia. Abandono. Y sobre todo somos espera.

Nota: Según la base de datos de personas desaparecidas desde el año 2010 se han registrado 146.042 denuncias de desaparecidos de las cuales 6053 permanecen en activo.

 

 

 

 

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11 comentarios en “La espera

  1. Nuria Moreno dijo:

    Espectacular…que manera de llegar al lector. Lees, como ha dicho otra lectora, con el corazón encogido, y con tu don de escribir has relatado con sumo respeto y cuidado el infierno por el que deben pasar todas estas familias.

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  2. yolandachamorro dijo:

    Que descripción más buena, de lo que es la desaparición de un familiar. El último sentimiento de culpa, cuando nos enfadamos y no rectificamos , por suerte yo no lo he vivido, pero debe de ser agonizante.
    Muy impactante el texto, Pili.

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