L de Libertad

Hay cosas que se te resisten, te cuestan más de la cuenta y piensas que no serás capaz. Algunas dependen de ti y otras no. Con las que no puedes hacer nada porque es cosa de dos solo te queda esperar, tener paciencia, esa que yo no conozco, y confiar en que al final más pronto o más tarde se solucionarán. Con las que dependen de ti solo puedes hacer una cosa, perseverar, insistir y no tirar la toalla aunque el camino sea cuesta arriba todo el tiempo.

Cuando me apunté a sacarme el carné de conducir sabía que me iba a costar, lo hice por necesidad y no por gusto por no depender de nadie y por poder seguir yendo los fines de semana a la playa donde desconecto y recargo las pilas. Para no rendirte tienes que tener una motivación, esa fue la mía la Costa Brava donde me paso horas viendo romper las olas en las rocas con fuerza y donde invento vidas ajenas para después plasmarlas en el papel. Me empapo de sol y de conversaciones que escucho a medias y que me sirven de inspiración para escribir.

El coche me daba miedo, más bien pánico. Mi gente no confiaba mucho en mí y lo veían más difícil que yo. A veces parece que el destino se confabula para que las cosas se tuerzan una y otra vez para que no consigas llegar a tu destino. El recorrido desde el principio estuvo plagado de obstáculos; huelga de examinadores, traspaso de la autoescuela a una franquicia que resultó un desastre, otra vez huelga de examinadores, cambios de profesor en cada práctica en la que cada uno te decía una cosa diferente. Ya no sabía si tenía que salir de un stop como una reina o por el contrario no esperar más de lo correcto porque obstaculizaba la circulación. Subí a examen con un coche que no era con el que había hecho las prácticas, hice prácticas con un profesor que golpeaba la ventanilla con ira mientras insultaba a los conductores de moto mientras el resto del tiempo hablaba por teléfono y mil anécdotas más que darían para escribir una novela.

A pesar de lo difícil que me estaba resultando nunca pensé en abandonar. Jamás. Me costaría más que a otras personas, pero tendría mi L para poner en la luneta trasera de mi coche. Soy muy supersticiosa, cosa que no me gusta nada y de la que me estoy quitando poco a poco. Una de las últimas veces que subí a examen estaba convencida de que iba a aprobar, me había puesto las bragas de la suerte, llevaba conmigo dos piedras que encontré con forma de corazón y que me sirven de amuleto, en el bolso una cabeza de ajos porque me habían dicho que me daría suerte. Todo lo que veía alrededor me parecían señales. Cuando salía del metro había un chico tocando <<Eye of the tiger>> y escucharla me dio mucha energía y subí las escaleras como si fuera Rocky Balboa. Aproveché para registrar una novela porque el examen era al lado del registro de la propiedad y la novela se titula <<Pide un deseo>>, la matrícula del coche con el que me examinaba sumaba doce, mi número de la suerte cuando el siete no está disponible.  A pesar de todas esas señales que a mí me parecían reveladoras suspendí.

Esta última vez iba desanimada total, el día antes tuve que hacer la práctica con un Citroën porque el Mini estaba estropeado. Lo de Citroën me sonaba a antiguo y así me sentí yo, antigua sacándome el carné a los 50. El día del examen dejé las bragas de la suerte en el cajón y las piedras encima de la cómoda de mi habitación donde están siempre. Me olvidé de coger una botella de agua y no pude tomarme la pastilla, la de antes de cada examen. No hubo canciones en el metro ni deseos pedidos porque no tenía ni ganas y la matrícula del coche que tampoco era el mismo con el que había hecho las prácticas sumaba trece.

A pesar de todo, aprobada. Por fin. Me abracé al profesor cuando me lo dijo y lo llené de besos de abuela, de esos que suenan, aunque era la primera vez que lo veía. De camino al metro me dio por llorar, cómo no, pero esta vez de alivio, de alegría, de decir he podido, yo en la que tan pocos confiaban en que lo conseguiría. Era como si hubiera tenido un peso atado a los pies que no me dejaba avanzar y me lo hubieran quitado. Sentí que dejaba atrás un lastre enorme, me sentía atascada y no había manera de ir desatando nudos y por fin una cosa menos de la que preocuparme.

Ya tengo mi L

De Libertad para no depender de nadie.

L de luchadora, porque si algo tengo es que no me gusta rendirme.

L de locura, las que me faltan por hacer.

L de liberación, porque al fin se terminó.

L de lanzamiento, porque ya no hay quien me pare.

L de libros por escribir.

L de labios para besar.

L de leona, porque peleo dejándome la piel para conseguir lo que quiero.

L de luna, la que me alumbra la vida desde hace un par de años, porque si me hubieran dicho todo lo que iba a ser capaz de conseguir en esta nueva etapa y como mi vida iba a cambiar para bien no me lo hubiera creído. Soy una mujer nueva, en todo, y aunque guardo la esencia de la que era me gusta mucho más la de ahora.

Y sobre todo esta L es de LO QUE TÚ DIGAS a modo de contestación a esa persona que me dijo <<tú no serás capaz de conducir nunca>>

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15 comentarios en “L de Libertad

  1. Montse dijo:

    Felicidades una vez más. Por tu catnet y por el relato. Me ha gustado muchísimo y me he divertido leyendo. He tenido la sonrisa en la cara mientras lo leía. Un beso

    Me gusta

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