Los hilos del destino

Hoy no tengo ganas de hacer punto, me duele la rodilla y la muleta que descansa en el brazo del sillón parece querer recordármelo. Estaría mejor tumbada. Miro a Berta que está de pie en el sofá, sus brazos estirados parece que me llamen. A su lado en el suelo en un cesto descansan las madejas de lana, desde aquí parecen cabezas de niños sin pelo, como las de los niños para la fundación con la que colaboro. Me levanto y al agacharme para coger la lana me llega el olor de Fernando, la casa todavía huele a él. Es un olor seco, una mezcla de madera y un día lluvioso de otoño. Intento llenar el vacío que dejó, pero no lo consigo ¿cómo se supone que se hace eso cuando has compartido una vida entera con esa persona?

Si rebusco en mi memoria él es el primer recuerdo que me viene a la cabeza, no me acuerdo de mi madre porque la perdí cuando era muy pequeña, sin embargo lo veo a él con los pantalones remendados jugando con mis hermanos y aunque no se lo he dicho nunca a nadie porque no me creerían todavía siento como el estómago me da un vuelco al pensar en él. Cuánto lo echo de menos y si pudiera daría días de la vida que me queda a cambio de poder pasar un rato con él, pero eso no puede ser así que recuerdo.

Cuando me dejó sola empecé a hacer cosas de las que hacen las viudas, enseguida me cansé. No me gusta sentarme toda una tarde a jugar a las cartas, ni irme de viaje con gente que solo habla de males. Al principio me sentaba al sol en un banco con mis amigas, dejé de hacerlo, llegaba a casa agotada después de discutir con ellas. Todas las faldas les parecían demasiado cortas, los vestidos demasiado estrechos y los escotes demasiado pronunciados, yo les decía que ojalá hubiera nacido en esta época y ellas me contestaban que no sabían que era tan moderna. Me aburren. Así que prefiero hacer punto para vestir a las muñecas. Recuerdo la primera vez que compré una para hacerle vestiditos, la dependienta me dijo que mi nieta se iba a poner muy contenta, no dije nada porque me dio vergüenza decirle que la muñeca era para mí, cuando llegué a casa la escondí en el armario, después surgió lo de la fundación y siento que es una de las mejores cosas que he hecho nunca. Un día escuché a las sobrinas de Fernando reírse de mí, cuchicheaban en la cocina diciendo que me podía haber dado por otra cosa, que era ridículo lo que hacía, jugar con muñecas a mi edad y que debía ser alguna carencia que tenía y que arrastraba desde pequeña, probablemente tienen razón y tengo que llenar algún vacío del pasado.

Las pongo en fila encima de la cama y cuando tengo unas cuantas las llevo a la asociación, no puedo cargar con muchas porque después me duelen las piernas. Todas tienen nombre, no sirve uno cualquiera porque son para una causa importante. La última vez que fui volví con el cuerpo malo, cuando llegué a casa era como si todavía llevara el peso de las muñecas encima a pesar de haberlas soltado hacía mucho rato. Están muy agradecidos y me dicen unas cosas preciosas, pero no me puedo olvidar de una madre que me dio las gracias especialmente. Me pareció que estaba muerta, no tenía expresión en la cara solo si mirabas sus ojos veías un dolor inmenso, mirarla a los ojos era como sumergirse en un pozo profundo y oscuro. La escuché en silencio mientras me hablaba de su hijo y de su enfermedad. Cáncer infantil, dos palabras que nunca deberían ir de la mano. En el rato que estuvimos juntas la observé, daba la sensación de tener que hacer algo y de no tener tiempo, como si las investigaciones fueran muy lentas y se agotara el tiempo para salvar a su pequeño. Era como si quisiera empujar las cosas para que fueran más rápido y poder llegar a tiempo, no sé explicarlo de otra manera. Por eso cuando la desgana se sienta a mi lado me acuerdo de ella y me pongo a tejer sin parar como si yo también quisiera empujar a los que investigan para que se den prisa porque van retrasados. Ojalá se pudieran tejer los hilos del destino, desenredar la madeja y cambiar la historia de las personas, porque cogería mis agujas y haría una nueva para cada uno de esos niños donde no tuvieran que sufrir ni renunciar a su infancia.

Me siento en el sofá porque así me parece que estoy más cerca de Fernando y me pregunto si desde donde quiera que esté me verá y se sentirá orgulloso de mí. Le digo que Juana, la presidenta de la asociación, me ha dicho que una firma de moda hará una exposición con las muñecas porque van a sacar al mercado una colección con mis diseños, que cada pieza les ha parecido una pequeña obra de arte y que es una inyección económica que nunca hubieran conseguido de no haber sido por mí. Estoy haciendo un gorro para el hijo de la mujer triste, no sé cómo se llama, no quise preguntárselo y tampoco pregunto por ella cuando voy a llevar las muñecas. Me da miedo escuchar la respuesta. Me doy prisa por si el gorro tampoco llega a tiempo. Las agujas suenan al chocar entre ellas, ese sonido que me relaja hoy tiene el efecto contrario. Estiro la pierna y cambio de postura, aunque no me levanto, tengo que acabar el gorro hoy. Me ha entrado una urgencia que no sé explicar. Suena el teléfono, pero no lo cojo aunque debería hacerlo, será una de mis hijas y si no contesto se preocuparán por mí. Sigo tejiendo y cuando termino el gorro lo meto en el bolso y salgo todo lo deprisa que me permiten mis piernas.

El trayecto se me hace eterno, me parece que todos los semáforos se han confabulado para hacerme llegar tarde y pienso en que yo nunca he sido una mujer triste, claro que me han pasado cosas malas como a todo el mundo, aunque nada tan terrible como lo que está pasando ella. Sin embargo desde que la conocí un pequeño poso de tristeza se ha instalado dentro de mí, me acuerdo todo el tiempo de sus ojos y aunque he conocido a muchas personas allí ninguna ha pellizcado mi corazón como ella. Entro con miedo no sé por qué tengo esta sensación tan extraña, siempre he sido una mujer racional y nunca me había pasado algo así. Hay mucho revuelo, los voluntarios se mueven de un sitio a otro y me recuerdan a las abejas en un panal, cada uno en su celda haciendo su trabajo. No se dan cuenta de mi llegada hasta que la mujer triste, a la que no había vuelto a ver, cuelga el teléfono y me ve. Se levanta, se acerca hasta mí y siento que no quiero escuchar lo que sea que quiere decirme. Aprieto el bolso con tanta fuerza que me duelen los dedos. Al llegar a mi altura me abraza, sin decir nada. Me abraza y llora, la escucho decir algo de un ensayo clínico internacional sobre un inhibidor de no sé qué gen, también dice algo de un hospital de chicago y como ve que no digo nada se separa de mí y me dice que son buenísimas noticias. Me da las gracias mil veces por mi ayuda. No digo nada porque ahora yo también lloro, estoy feliz por ella y por su hijo y en los ojos en los que hace unos meses vi escrito el miedo ahora veo esperanza y ya parece que la abandonó la prisa. Y lloro, pero de emoción, porque este es uno de los momentos que guardaré como un tesoro en un rincón del alma para recordar siempre. Hay una leyenda que dice que todos al nacer tenemos unas hadas que hilan nuestro destino, ellas son las que controlan el hilo de la vida de los seres humanos y pienso que al final mis agujas sí que han servido para cambiar el destino de una personita y han ayudado a dibujar un trozo más de camino para él y en silencio le pido a Dios que sea un camino largo y que lo lleve a buen puerto.

 

 

 

 

 

 

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18 comentarios en “Los hilos del destino

  1. Juana fernandez ruiz dijo:

    Pilar, me has hecho llorar de sentimiento! Y la protagonista q gran mujer tan y tan generosa.Has descrito con mucha sensibilad a esta mujer q con sus manos y desinteresadamente regala amor , a estos niños q tanto lo necesitan .Un beso muy fuerte para las dos.

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