Jimena

Me despierto asustada, he soñado unas cosas horribles y siento que hoy algo no va a salir bien. Lo noto como dicen que los animales notan un temblor de tierra antes de que suceda. Rezo mis oraciones y le pido a la Virgen de Guadalupe que me dé fuerzas para superar lo que quiera que sea que va a pasar. A pesar del miedo casi deseo que ocurra algo, aquí la monotonía pesa como una losa.

Bajo la escalera despacio para evitar que cruja y no despertar a Betina, me pregunto qué clase de nombre es ese para una niña. Yo la llamo Jimena, es nuestro secreto, si su madre se enterara me arrancaría la piel a tiras como en esas películas de esclavos que tanto le gustan a la vieja. Hace mucho calor a pesar de que es muy temprano, la tela del uniforme me pica, es muy gruesa y sigue igual de  tiesa que el primer día. Le pongo la correa a Candy que brinca al verme y salimos a pasear. Este paseo es el que más me gusta, no hay casi nadie porque es muy temprano, solo los que salen a hacer ejercicio, así no siento como se me clavan los ojos de los que me miran con disimulo al ver mi ropa tan fuera de lugar en este sitio donde la mayoría de la gente va medio desnuda. El lugar es precioso, un camino que bordea la costa donde los árboles se inclinan hacia el agua como si quisieran besarla. Me siento en un banco que mira al mar y Candy se tumba a mis pies. Si pudiera volar me asomaría al precipicio que tengo a mis pies y saltaría con los brazos abiertos para irme a casa.

A la vuelta le limpio las patas y el culo a la perra con una toallita húmeda, en mi pueblo los perros andan sueltos por las calles y no llevan lazos de colores en la cabeza, en silencio doy gracias de que nadie me vea limpiarle el culo a un perro, claro que no es mucho peor que limpiárselo a la vieja. Come como una mula, así caga después. El olor se me queda pegado en la nariz durante horas, las primeras veces después de limpiarla  corría a vomitar, a veces antes de terminar, ahora me acostumbré. Mi hermana dice que todos nos parecemos a algún animal. Recuerdo que decía que yo era una gacela, ágil y con las piernas largas, en mi pueblo no había ninguna mujer tan alta como yo, era más alta que los hombres. Si me viera ahora diría que soy una ardilla, parece que he encogido y ando asustada todo el tiempo intentando pasar desapercibida. La vieja si fuera un animal sería un dinosaurio, es muy grande casi no puedo moverla y tiene las nalgas caídas.

Preparo el desayuno y lo subo a la habitación de la señora, está sentada en la cama con la espalda apoyada en el cabezal y hace un gesto con la mano para que me calle cuando le doy los buenos días. Debe tener un día malo que son casi todos. Me dice que le duele la cabeza, que le prepare la ducha y que procure no hacer ruido. Prepararle la ducha significa abrir el grifo y la mampara. Dejo que el agua corra y la regulo, le digo que ya está y me dice que me lleve el desayuno que hoy lo tomará fuera con unas amigas. Me comería la trenza de cabello de ángel, pero no puedo porque luego la buscará y si no la encuentra me dirá que otro día pregunte porque se la iba a comer ella para merendar. Es mentira, nunca se la come, se la da a la perra y prefiere que se la coma ella antes que yo. No me importa porque al principio guardaba todo el dinero para enviarlo a mi casa, ahora de vez en cuando me compro una trenza o unas milhojas de crema, un pequeño premio que me sabe a gloria.

La señora dice que se va con unas amigas, pero yo sé que no es verdad. Se va con un hombre, lo sé y ella sabe que lo sé. Los vi un día, se estaban besando, y no puede esconder cuando viene de estar con él. Se le nota, en la cara y en los ojos, el señor debe estar ciego para no darse cuenta. Esos días está contenta no me ignora ni habla con la vieja en alemán para que no entienda lo que dicen, de todo lo que me hacen eso es lo que me hace sentir peor, me siento como una mierda, una mierda grande como las que le salen por el culo a la vieja. Debería estar acostumbrada después de tanto tiempo y las que deberían sentirse violentas son ellas y no yo, sin embargo en esos momentos me gustaría poder cerrar los ojos y desaparecer aunque para ellas ya sea invisible.

Ya podría irme para siempre, he guardado casi todo el dinero que he ganado y en mi casa las cosas están mucho mejor, no me voy por Jimena. Una sonrisa asoma a mis labios con solo pensar en ella, es lo único puro que hay en esta casa y no me imagino qué haría sin mí. Por las noches se mete en mi cama y me pone un dedo encima de los labios para que no diga nada, si su madre lo supiera le daría un ataque. Es muy pequeña, pero ya sabe guardar secretos. Por la mañana la llevo dormida en brazos a su cama, aunque daría igual porque solo yo entro a su habitación.

El estruendo del timbre me sobresalta, no me acostumbro, es un recordatorio continuo de quién soy en esta casa. Hay perillas en todas las habitaciones al alcance de la mano de la vieja para que las utilice cuando me necesita, la señora también las hace servir, como si tampoco le funcionaran las piernas.

Entro al salón y la veo de pie, no se sienta como han debido enseñarle que hay que hacer cuando tienes que hablar con el servicio y demostrar autoridad. Pasea de un lado a otro mientras habla y no es capaz de mirarme a los ojos. A medida que escucho lo que dice me arrepiento de haber deseado esta mañana que pasara algo. Me dice que me tengo que marchar porque ha observado que Betina tiene una relación conmigo que no es sana, que se me olvidó que soy una sirvienta. Se le llena la boca con esa palabra y pienso en que ojalá se ahogara con ella, <<tienes dos días para recoger tus cosas y buscar un sitio a dónde ir, y estoy siendo muy generosa, no olvides que todo esto es por tu culpa>> dice implacable. Al principio no digo nada, después suplico. Lo hago como nunca lo hice con nadie, porque Jimena no se merece que me aparten de ella, no puede ser, se pondrá enferma si no estoy con ella, no puede vivir en esta casa sola con ellos. Me pongo de rodillas y le ruego que no lo haga, que me alejaré de ella, que no pasaremos tanto tiempo juntas, que me iré, pero que me dé tiempo, que nos dé tiempo a las dos. La agarro de los tobillos mientras le pido que deje que me quede y por un momento pienso que dirá que sí. Me equivoco, solo estaba saboreando el verme tirada a sus pies. Sale del salón sin olvidarse de decirme que ni una palabra a Betina o se encargará de que no vuelva a encontrar trabajo nunca más.

Pico la cebolla muy fina y pongo especial cuidado en preparar el zwiebelkuchen, le encanta y la he escuchado decirle a la vieja que nadie lo prepara como yo. Lloro y le doy gracias a la cebolla por servirme de excusa para mis lágrimas. Odio este pastel y la odio a ella.  Lo preparo pensando que al comerlo quizá se arrepienta y deje que me quede, una idea absurda. Lo dejo en el horno y voy a buscar a Jimena, un nudo me aprieta la garganta y no soy capaz de dejar de llorar. La niña al verme se asusta y me abraza, quisiera no llorar, pero no puedo. Le digo que se ha muerto mi gatito, uno que tenía cuando era pequeña, no sé por qué le he dicho eso porque ahora ella también llora mientras me limpia la cara. Andamos durante todo el día como sonámbulas por la casa, me sigue como si fuera un perrito esperando una caricia, yo la aparto de mí cuando está su madre delante y ella no debe entender nada.

De repente el cielo se pone negro, igual que está mi alma hoy, de luto. Empieza a llover a cántaros como si los ángeles estuvieran tristes por mí y tampoco pudieran dejar de llorar. A pesar de la lluvia salgo con Jimena porque no quiero respirar el mismo aire que esta mujer. Cojo su gabardina, si me ve con ella la tirará después por eso me la pongo, lo que no sabe es que a mí ponérmela me da el mismo asco que a ella que la utilice yo. Después de un rato la lluvia amaina y se queda en un goteo intermitente, como si un ángel distraído siguiera llorando solo. Buscamos conchas en la orilla y en un momento dado me agacho y le digo al oído que tiene que hacer una cosa. Ella me mira y me pregunta que si son deberes, le digo que algo parecido; que por las noches cuando rece las oraciones que le he enseñado diga mi nombre al terminar, cada día. Imagino que si lo hace no se olvidará de mí.

Por la tarde bajamos a la playa, pasó la tormenta como pasa casi todo, aunque sé que hay dolores que no pasan nunca. Los traje conmigo cuando salí de mi país y todavía escuecen en mi alma. Le digo a Jimena que ya no estoy triste porque mi gatito está en el cielo de los gatos. Nos tumbamos en la arena, que ya está seca, y miramos las nubes buscando alguna que parezca un gato. Siento el calor de su mano en la mía y pienso que nunca podré ser madre porque se me fue la vida cuidando a los hijos de otra mujer, una mujer mezquina y envidiosa que no tiene tiempo para sus hijos, pero que tampoco permite que estos me quieran más a mí.

Siento que el uniforme me ahoga, me siento ridícula con esta ropa en la playa porque la gente me mira, por eso siempre me escondo debajo de la sombrilla y no miro a nadie, de noche cuando todos duermen bajo y me baño desnuda, cuando Betina era más pequeña la llevaba conmigo, dejé de hacerlo por miedo a que se lo dijera a su madre sin querer. Hoy pienso que ya no importa nada de lo que haga porque me iré de todas maneras.

—Jimena, ¿quieres que nos bañemos?

Se incorpora y me mira con los ojos muy abiertos, parece asustada sabe que no podemos bañarnos, pero enseguida asoma una sonrisa pícara a su cara y asiente con fuerza. Se quita la ropa de prisa dejándose puestas solo las bragas y me apremia para que yo haga lo mismo. Primero me quito los zapatos cerrados y las medias que me obligan a llevar a pesar de estar en agosto. Dejo la cofia en la arena y Jimena me dice que me deje la corona puesta así que vuelvo a ponérmela. Me desnudo y me quedo solo con las bragas igual que ella, caminamos de la mano hasta el agua y no me importa si me miran al verme en bragas y con una cofia en la cabeza. Entramos al agua y nos dejamos llevar. Está muy fría y Jimena grita, las olas nos llevan hacia dentro para volver a escupirnos enseguida a la orilla, reímos y nos tumbamos en la arena cogidas de la mano esperando a que el agua vuelva a tragarnos. Jimena me dice que estoy mucho más guapa sin la cofia que ha desaparecido entre la espuma, tengo el pelo revuelto igual que ella que se lo aparta de la cara para luego hacer lo mismo con el mío. Salimos del agua después de mucho rato, tenemos los dedos arrugados y la playa está desierta. Nos comemos las galletas que traje sin secarnos las manos, estamos hambrientas. Volvemos a tumbarnos en la arena y le hablo a Jimena.

—Jimena, sabes que te quiero mucho. Más que a nadie.

—Yo también te quiero más que a nadie —dice apretando mi mano y acercándose un poco más a mí.

—Tengo que contarte una cosa, es un secreto, no puedes contárselo a nadie nunca. ¿Sabes la corona que siempre llevo? No es una corona de princesa, es una corona mágica y la he perdido. Si no la encuentro se acabará la magia para siempre y será por mi culpa. No podemos permitir que eso pase ¿verdad? —noto como niega con la cabeza— por eso tengo que ir a buscarla. Cuando la encuentre volveré.

Se sienta y me mira aunque no dice nada, está muy seria y dice que cuánto tardaré en encontrarla, no contesto porque no quiero mentirle más, sale corriendo y entra en el agua metiendo la cabeza una y otra vez buscando la cofia. La saco del agua, pero ella intenta volver, tiro de su mano y se resiste y llora mientras grita que no la quiero.

—No me quieres y esa corona no es mágica, es mentira, mentira, mentira —grita y yo la suelto y me tapo los oídos para no escucharla. Se tira a la arena de rodillas y se tapa la cara con las manos. La abrazo y escucho un ruido, como una rama seca cuando se quiebra. Soy yo que acabo de romperme y sé que por muchos años que viva no podré recomponerme nunca. Y así nos quedamos, abrazadas, meciéndonos la una a la otra y empapándonos con el agua que nos golpea con fuerza a ver si somos capaces de ahogar tanta pena.

 

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